Follow by Email

miércoles, 2 de abril de 2014

En la sencillez está la felicidad

Desde pequeños somos capaces de sacarle lo mejor a cualquier situación de la manera más simple posible. En la sencillez está la felicidad, asi se llamara este pequeño relato.

En un dia soleado de agosto, la pequeña L decidió bajar al parque. Acababa de llegar a la ciudad y le había dicho su madre que tenía que conocer nuevos amigos. L no era tímida normalmente, pero en un sitio como aquel se sentía desplazada, y los niños no la hacían mucho caso, así que se fue a sentar a un banco para mirar un nido que se entreveía por las ramas de aquel pino.

Los recuerdos del pasado fluyeron, fluyeron como las lágrimas por sus mejillas.
-¿Estás bien? ¿Te pasa algo? - Una pequeña niña se había acercado sin darse cuenta. Que verguenza, la había visto sola y llorando, a saber que pensaría - Me llamo C ¿Como te llamas?
-Me llamo L, y he llegado nueva a este sitio

La pequeña C se quedó pensativa un rato con el ceño fruncido. De repente cogió a L de la muñeca y se la llevó corriendo hasta un kiosko que había unas calles más allá
-Es el kiosko de mi tío ¿Te gustan los helados? - L roja como un tomate asintió en silencio - Tito, dame un frigopie y un mikolapiz

Después de estar sentadas a la sombra un rato después mientras se comían los helados, a L se le bloqueaba la cabeza de la verguenza de solo pensar lo que iba a decir
-¿Te... Te gustaría ser mi amiga? -pregunto L roja hasta las orejas
-¿No era evidente? - fue la única respuesta de C

Y con dos simples helados en una cálida tarde de agosto bajo la sombra de un arbol dos pequeñas niñas se juraron amistad eterna que duraría hasta los días de hoy y se extenderá hasta que el tiempo borre su recuerdo

martes, 1 de abril de 2014

Cuentos de Sangre

Dormido en un bus de camino con destino al olvido. Una sacudida, un golpe y el bus se ha transformado en un trasto abandonado corroído por el óxido, con los asientos roídos por las ratas y demás alimañas que habiten los parajes, en medio de un campo verde y un cielo azul empañado por algunos nubarrones grises. Decidido, se estiró en el asiento y se levantó de ese sitio.

El donde, cuando y como no importaban. El ambiente olía a humedad y estaba comenzando a refrescar en aquel paraje. Avanzó unos pasos y dio un giro de 360º estudiando el paisaje, solo para comprobar que el autobús o lo que fuera la chatarra donde se despertó había desaparecido, y por más raro que parezca en ningún momento le extrañó esa desaparición. Se dispuso a andar hacia algún punto aleatorio de aquel lugar cuando empezó a ver cucharas de todos los tamaños, al principio repartidas hasta donde alcanzaba la vista de manera aleatoria, aunque a sus espaldas apareció un camino hecho por cucharillas de café manchadas. Un escalofrío le recorrió la espalda y le puso los pelos de punta, allí no había nada, pero el miedo empezó a crecer hasta volverse incontrolable ¿Qué había allí? Nada, esa era la respuesta, nada había allá donde miraba, pero esa sensación de terror y pánico era tan fuerte que estaba dejando de ser él mismo.

Algo interrumpió el silencio absoluto que allí reinaba. Sonaba como el llanto de decenas de campanas ajadas, y se descubrió andando por camino de cucharas manchadas con olor a café ya pasado. Había sido su propio cuerpo quien había actuado involuntariamente en un acto de desesperación máxima para evitar la más agónica tortura, el silencio absoluto y el miedo irracional a algo que podía ser fruto de su mente o un aviso de que corría un grave peligro. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué estaba pasando? ¿Cuánto más tendría que caminar por aquel camino de locura? Preguntas fugaces que poco importaban realmente, preguntas sin respuesta que hacían daño a una mente ya herida, preguntas que solo aparecían cuando una bolsa de plástico volaba con el viento arrastrada en corrientes de aire sin lógica o sonaba la sirena de algún vehículo que su vista no llegaba a apreciar. El paisaje no cambiaba, el tiempo no corría ¿Cuánto llevaba caminando? Minutos, horas, días, semanas. El camino era el hilo que mantenía a la cordura cosida a su cuerpo, el camino era la clave ¿La clave de qué?

En algún momento de ese trayecto comenzó a correr un reguero de un líquido de color negro entre las cucharas. Empezaron a aparecer pequeños arboles de cucharas, matorrales carbonizados, figuras estrambóticas, el líquido cuanto más se acercaba más vapor echaba, trayendo un olor muy familiar a su débil mente. Se agachó y mojó un dedo para llevárselo rápidamente a la boca. Estaba caliente y era amargo. Un sabor que nunca podría olvidar, era café. En un momento de despiste, el camino había cambiado de dirección y se dirigía a algún punto entre el norte y el este, dejando enfrente de él un pequeño jardín y una casa de dos plantas propia de los colonos adinerados de otros tiempos. En el punto donde giraba había un brazo arrancado a la altura del codo, dejando entrever parte del hueso, con una cuchara sopera plateada clavada en la parte superior de la mano. Un poco más adelante vio lo más macabro que había podido llegar a imaginarse, el origen del líquido negro que había identificado como café. Era un árbol gigante hecho con extremidades humanas, atravesados los trozos de cuerpos que emulaban las ramas por cucharas como si de flores se trataran. El tronco estaba rodeado de cabezas con ojos huecos que lloraban negro.

Como si de un espectro se tratara, un ser con lo que parecía llevar una máscara mitad blanca mitad negra, con unos ojos marrones oscuros profundamente familiares, ropas ajadas y ennegrecidas producto de la suciedad y el tiempo, unas manos de madera que terminaban en dedos convertidos en ramas lo agarraron de la cara. Sin sentido de la lógica las ramas comenzaron a moverse ya crecer, metiéndose por todos los orificios que podía tener una cabeza humana. Dejó de ver, dejo de poder respirar, solo notaba como esas ramas entraban en su cuerpo y lo desgarraban todo a su paso, desgarraban y se multiplicaban, eso era lo último que sintió antes de ver una mirada de placer en los ojos de aquel ser.

Como si de una pesadilla se tratase, abrió los ojos y se puso en pie, histérico por todo lo que había visto y sentido. Estaba en el suelo y parecía que se había dado un golpe al caer de la cama, esa fue la explicación que se dio para haber tenido aquella horrible pesadilla. Una taza de café yacía  rota en el suelo al lado de la mesita, así que supuso que la cucharilla habría que meterla en la lista de objetos perdidos debajo de la cama hasta la siguiente limpieza.

Una corriente de frió entró por debajo de la puerta justo cuando iba a abrirla. Algo iba mal, la calefacción la había dejado puesta y estaba haciendo una racha de buen tiempo bastante inusual para ser Abril. Acto seguido tras abrir la puerta entró una corriente de polvo que le hizo quitarse del marco de la puerta. Cuando los ojos consiguieron volver a enfocar una imagen, su habitación se había vuelto vieja, las cosas estaban cubiertas de polvo, y no quedaba ya luminosidad. Al pie de la cama estaba de pies un maniquí con un solo brazo con una cabeza de cabezudo, mirándolo fijamente con una sonrisa estática vomitando un líquido negro por esa acartonada boca inmóvil.

Salió corriendo de la habitación hacia el pasillo. En cada esquina había una pila de cabezas de muñecos de juguete. A lo largo del pasillo había una pelota pequeña, canicas, y todo tipo de juguetes pequeños que cualquier niño ha tenido en su infancia más tierna. Abrió la primera puerta que encontró y vio a su madre ahorcada acompañada de otras personas colgadas y mutiladas. Abrió la siguiente puerta y se encontró a su padre siendo apuñalado por una joven que no llegaba a la mayoría de edad al son de una danza sexual que nunca paraba y que él mismo le había llevado para satisfacer sus deseos. Miró hacia atrás y vio una niña sin orejas con los orificios cosidos y la cara llena de cicatrices. Salió corriendo dirección a las escaleras, frenando en seco al ver que estaban hechas de extremidades de personas. Una punzada de dolor en la espalda fue suficiente para saber que alguien lo había apuñalado, aunque lo que no se esperó fue encontrar el cuerpo sin cabeza de una chica joven. El susto hizo que diera un paso en falso y cayera rodando por las escaleras, partiéndose los dedos de la mano izquierda. Allí estaba, el cabezudo, en la parte de arriba de las escaleras, inmóvil.

Salió corriendo dirección a la puerta de salida, donde lo esperaba el ser de la máscara. En un acto de locura giró antes a la sala donde recibía a los invitados para poder saltar por la ventana. Cuando atranco la puerta con todos los muebles que se encontraba, se encontró delante de él a un niño con la boca y un ojo cosido con gruesos hilos negros. Ese era el niño que le fastidiaba tanto en el colegio, le sacaba de casillas su voz, su ojo de color verde que traía a todas las chicas locas, ese chulo prepotente que siempre sonreía como si todo en la vida le fuese bien. Lo agarro del cuello y lo levanto, lo miró y se quedó atónito cuando soltó con su vocecita de niño inocente "¿Vas a matarme otra vez?". Sí, deseaba volver a escuchar sus gritos, volver a verlo perder la luz en sus ojos, volver a saborear esa sangre. Acercó su cuello a su boca, y sin más pensamientos que matar y beber su sangre, le empezó a morder el cuello y a arrancarle trozos de músculos. Le gustaban los gritos, se excitaba con ellos. Cuanto más gritaba, más disfrutaba, cuanto más dolor le provocaba, más hambre le entraba.

Cuando le había devorado prácticamente todo el cuello, apareció el hombre de la máscara a su espalda, lo pegó contra su descompuesto cuerpo. Comenzaron a atravesarlo ramas con espinas por todo el cuerpo. Iban invadiendo cada parte de su ser, cada centímetro de su cuerpo, robándole cada minuto de vida que le quedaba. Lo último que escucho aparte de sus gritos fue como el cuerpo del niño había vuelto a moverse y le había atravesado el pecho hasta llegar a su corazón para hacerlo explotar con la fuerza de esa pequeña mano.

24 de Abril de 2014, un periódico local publica la muerte de un hombre, hallado en su casa y buscado por numerosos asesinatos. El cadáver era una carcasa de huesos y piel, sin ningún órgano vital mínimamente reconocible, con una cuchara de café en el lugar donde debía estar el corazón. El periódico reveló que el primer asesinato fue durante la etapa de EGB a un compañero de su clase, y en los años venideros ayudaría a su padre a encontrar jóvenes adolescentes con las que satisfacer sus más oscuros deseos. El día que su padre fue asesinado, la madre fue encontrada ahorcada y no había rastro ni del muchacho ni de la chica secuestrada.